Friday, 8 December 2017

Cruzar los Pirineos de mar a mar

Cruzar los Pirineos desde el Cantábrico al Mediterráneo: de mar a mar. Hace mucho tiempo que llevo dibujando una línea imaginaria que recorre mis queridos Pirineos desde el Cabo Higuer en Euskadi hasta el Cap de Creus en Cataluña. Nada más y nada menos que 800 km de punta a punta, y alrededor de 50.000 metros de desnivel positivos por recorrer, entre paisajes idílicos y perdidos, picos majestuosos, horizontes lejanos y mucho tiempo para desconectar del ajetreo diario en la más absoluta soledad de la montaña.

Disfrutando de las vistas desde la cima del Bisaurín (2.670m)
Supongo que vivir en Bruselas, lejos de los Pirineos, agranda mi nostalgia y la necesidad que siento de perderme horas, días y acaso semanas en los bellos valles pirenaicos, cruzar sus ríos, ascender a sus cimas y ver el mundo desde lo alto. 

Ver cómo los problemas y las preocupaciones mundanas se desvanecen bajo un mar de nubes, tras un atardecer, bajo el cielo estrellado. Volver a las esencias, a lo básico y elemental: roca, aire, tierra, agua y tiempo. Ante todo, tiempo. Tiempo para pensar, tiempo para relajarse, tiempo para ver lo largos que son los días cuando se camina hacia el horizonte, tiempo para dar el siguiente paso, y uno más, y así pasos infinitos hasta llegar al final de la etapa, a un nuevo valle, un nuevo paisaje, nuevas amistades y nuevos descubrimientos, nombres nuevos, picos desconocidos, pueblos perdidos en las más profundas entrañas de los Pirineos. Lugares donde el tiempo se ha parado.

Cruzar los Pirineos de mar a mar siempre había sido un proyecto pendiente. Cada vez que me cruzaba con las marcas del GR-11, sentía ganas de seguir su trazado unos cuantos kilómetros más, ver qué es lo que había tras ese collado, subir hasta ese pico para perder la vista en los valles que se abrían al otro lado y tratar de adivinar, con menor acierto que el deseado, los nombres del mar de picos que se extendían hasta el horizonte.

Ahora bien, pasar de las ensoñaciones a la práctica es todo un reto en sí mismo. Y si no fuera por uno  de esos arrebatos que a veces me dan, quizás no estaría hoy aquí escribiendo estas líneas sobre un viaje mágico a mis montañas favoritas. Sucedió que, en una visita fugaz a Barcelona, me dio por entrar en la librería de viajes Altaïr y preguntar por los nuevos mapas del GR-11 de la editorial Alpina. Ya con los mapas en la mano, se abría ante mí una nueva fase para convertir este sueño en un proyecto de carne y hueso.

Y es que vivir en la capital de Europa tiene sus ventajas, aunque no se cuenten entre ellas las comunicaciones por tierra, mar o aire hasta los Pirineos. Porque llegar hasta Hondarribia, el inicio del GR-11, resulta ser más difícil de lo que parece. Tras muchos días dándole vueltas y buscando combinaciones imposibles, finalmente encontré la solución perfecta. Saldría un miércoles por la tarde en tren desde Bruselas a París, donde tendría una hora para cruzar desde Gare du Nord hasta Gare du Montparnasse (lástima no poder pasear unas horas por las bellas avenidas parisinas!), para desde ahí subir a un TGV que me llevaría en apenas 5 horas hasta Hendaya, la frontera con España. Una vez en Hendaya, sólo tendría que cruzar la frontera a pie y tomar un taxi hasta el Cabo Higuer.

Y así, con tan poco, germinó mi proyecto para cruzar los Pirineos, de mar a mar. 




No comments:

Post a Comment