Friday, 13 December 2013

Mas y el cuento de la lechera europea

9 de Noviembre de 2014. El pueblo catalán vota a favor de la independencia. Es un hecho consumado: no hay vuelta atrás. La pelota está en el tejado de Europa. Ante la evidencia, Catalunya es admitida como candidato a integrar la Unión Europea. Tras rápidas negociaciones sin complicaciones, Catalunya se convierte en nuevo Estado miembro del club europeo.

Bien, hasta aquí el cuento de la lechera. El futuro europeo que desde hace meses llevan planteando Artur Mas y sus correligionarios independentistas es, sencillamente, un cuento. Ayer cruzaron una línea roja: plantear un referéndum unilateral sin tan siquiera plantear una negociación con el gobierno español. De acuerdo, no es que podamos fiarnos demasiado de las buenas intenciones de Mariano y compañía. Pero ¿era necesario llegar hasta este extremo?

Pese a la falta de voluntad y capacidad de liderazgo mostrada por Mas en los últimos meses, me llama la atención una novedad en la formulación de las preguntas del referéndum: la eliminación de la palabra "Europa". ¿Acaso alguien recuerda otra pregunta en la que se cuestionaba si queríamos que Cataluña fuera un nuevo Estado de Europa? Mas ha demostrado nuevamente su aptitud para la magia: ¡de una pregunta trampa, hace dos, y además hace desaparecer a Europa! Todo un logro.

¿Pero qué ha sucedido para que de repente Europa haya quedado fuera de la(s) pregunta(s)? ¿Es que acaso el Govern ha desistido en querer pertenecer a la UE? A mi parecer, no. Simplemente creo que el President ha entendido que seguir por esa línea iba a dejarlo, tarde o temprano, en clara evidencia. Sin embargo, por mucho que él y sus partidarios se esfuercen en dibujar el futuro de una Catalunya independiente dentro de Europa, han preferido dejar este asunto de lado - o al menos, temporalmente. Así que sin Europa en juego, el debate es entre España y Catalunya.

Sin embargo, creo que los partidarios de celebrar un referéndum de manera unilateral han cometido un error de calado al no querer asumir las consecuencias políticas que un potencial "sí" tendría para la situación de Catalunya respecto a Europa. Y es que plantear semejante pulso político al gobierno español puede tener serias consecuencias en el futuro si Catalunya alcanzara la independencia. La más obvia, quedarse fuera de Europa.


Por mucho que los defensores del "sí" se hayan empleado a fondo en la búsqueda de argumentos jurídicos y económicos para desmitificar la amenaza de ser excluidos del club europeo, los mensajes provenientes del mismo son muy claros: si Catalunya se independiza, dejará de ser parte de la UE. Evidentemente, Catalunya podría presentar su candidatura para ingresar nuevamente en la Unión, esta vez como país independiente.

Ahora bien, las probabilidades de que el proceso de adhesión se estanque son altas. Como bien saben los expertos en integración europea, entrar en la UE es, ante todo, un proceso político en el que el veto de un solo Estado miembro puede poner fin a la adeshión catalana. Es por ello que las formas son tan importantes en política, más aun cuando hablamos de Europa.

El planteamiento de un referéndum unilateral ha sido un guantazo a las aspiraciones de una independencia catalana con un futuro europeo. Ante el desagravio histórico que una hipotética independencia unilateral supondría, el veto español a la adhesión catalana estaría asegurado. Y el cántaro del sueño europeo se habría hecho pedazos.

Es cierto que todo esto son conjeturas. Pero si nuestros líderes políticos siguen adelante con su pulso, estos escenarios hipotéticos pueden convertirse en una realidad. Y a no ser que nuestros representantes hagan un esfuerzo para sentarse a negociar y a pactar, es mejor que empecemos a hablar sin trampas sobre los inciertos escenarios a los que nos están llevando un liderazgo irresponsable. 

Tuesday, 23 July 2013

Sobre el café

En su libro "La idea de Europa", George Steiner habla del café como un elemento constitutivo de la Europa moderna. Los clásicos cafés europeos constituían un privilegiado lugar de debate para intelectuales y refugio para exiliados políticos de todos los rincones de Europa. Para Steiner, el café - a diferencia de otros lugares públicos como el pub británico (public house) - ofrecía un ambiente liberal y abierto a la discusión de las ideas. No sorprende pues que figuras como Freud, Lenin o Trostsky en Viena y otras como Zola, Sartre o Picasso en París frecuentaran estos establecimientos para discutir sobre cosas tan dispares y a la vez entrelazadas como política, filosofía o arte.

Hoy en día los cafés parisinos, vieneses, barceloneses o madrileños destilan cierta nostalgia de aquella época dorada en las que el mundo era un campo de batalla ideológico y cultural. Pero aunque los tiempos hayan cambiado y esos cafés se mantengan más por su condición de atracción turística que por el espacio de debate que ofrecieron en otras décadas, hay un elemento que ha sobrevivido y que se ha extendido a gran parte de la sociedad: la bebida del café.

El café tiene un gran aliciente. En tanto que brebaje no alcohólico, es una buena excusa para una primera cita, para una conversación agradable, para mantenerse despierto o, simplemente, para acompañarlo de un cigarrillo (¡cuántos fumadores no pueden dejar de fumar por culpa del café!). El café posee un toque romántico: su color es cálido y misterioso a la vez y su aroma inconfundible invade el espacio desprendiendo una sensualidad que cautiva a los sentidos. Tanto es así, que una de las telenovelas más famosas de Colombia se titulaba "Café con aroma de mujer".

Pero si hay algo que caracteriza al café es su carácter atemporal. Aunque tomar un café puede durar minutos u horas, nuestra percepción nos engaña: el tiempo se para y los minutos se eternizan.  La vuelta a la rutina se retrasa. Disfrutar de un café presupone disponer de tiempo, algo infrecuente y sumamente excepcional estos días. Asimismo, y pese a que bien se puede gozar junto a la lectura de un periódico o un libro, el café es más un acto social que otra cosa. Cuando quedamos con alguien para  tomar un café, poco importa si al final tomamos un café u otra cosa; lo importante es el momento, el acto en sí mismo. La idea de café va más allá que el simple acto de consumir; es un momento de reflexión, de relajación y de desconexión de la rutina diaria. Nos permite parar, pensar, disfrutar de la compañía de seres queridos, o discutir sobre problemas existenciales que nos inquietan. 

Pero en estos días tan impersonales, "el café" como acto atemporal cumple una función más importante: nos humaniza. A diferencia de las redes (a)sociales, el café nos obliga a salir de nuestro individualismo, nos fuerza a sentarnos frente a otros seres humanos. No nos permite esconder nuestras emociones detrás de una pantalla o de un pseudónimo. Nos induce a interactuar con otras personas, a hablar y discutir, a opinar y a esuchar y, sobre todo, a dejar el tiempo a un lado. Esa es, en mi opinión, la esencia del café.

Es intrigante observar que, a diferencia de las culturas latinas - donde tomarse un café constituye todo un ritual -, en las culturas anglosajonas lo normal es pedir un café para llevar. Sentarse en una mesa del local en ocasiones puede incrementar el coste del café. Esta modalidad nos "ayuda" ser más eficientes: nos permite tomar nuestra dosis diaria de cafeína y trabajar sin perder tiempo. Y, sin embargo, semejante práctica nos enajena todavía más.

Es importante que recuperemos esta noción. Es importante que recuperemos nuestra Europa de los cafés.

¿Tomamos un café?